Buscando...

Llevaba ya tiempo buscándome. Me busqué en lugares conocidos, en los que antes me encontré, pero nada pasó. Me busqué en mis canciones favoritas y todas me sonaban igual. Me busqué en la película que más me ha hecho reír, pero ya no me hizo gracia. Me busqué en los pancakes con miel que amaba comer, pero resultaron ser un desayuno como cualquier otro.

Me pregunté entonces si en realidad estaba buscando mal y tomé otro rumbo. Me busqué en lugares que creí un poco más extraños o distantes, como las caminatas mañaneras (que nunca han sido lo mío), la espiritualidad y los libros (que tampoco han sido lo mío). Hasta me busqué en las cosas que odio para ver si tal vez ir al extremo me serviría, pero resultó que ni los vegetales ni los insectos fueron la respuesta.

Decidí dejar de buscar, me rendí fácilmente y continué divagando por la vida creyendo que mi búsqueda había sido la peor manera de perder el tiempo. 

Y así, dejando de buscar, me encontré.

Me encontré en los rostros grafiteados en las calles de mi ciudad, en las nubes que forman figuras solo si te quedas mirándolas con atención. Me encontré en las tostadas francesas que hago con pan integral y queso crema. También me encontré en los rostros cansados de las personas que van en el metro a las seis de la tarde, y me hallé en quienes quieren hacer algo bonito para el mundo o tal vez para alguien, pero no saben cómo. Me encontré además en los semáforos rojos que me dan 40 segundos para apreciar el amanecer, incluso me encontré en mi propia habitación, en la que pasé tanto tiempo sin sentir mi alrededor.

Me encontré en las cosas en las que no me busqué. Porque son ellas las que menos pensé que se reflejarían en mí, a las que ya me había acostumbrado hace tiempo y no las vi, aún teniéndolas en frente. Me encontré en la rutina, la que rechacé forzosamente día tras día.

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